Puntos Clave de esta Guía
- La fiebre no es una enfermedad, sino un mecanismo de defensa del sistema inmunitario contra las infecciones.
- El estado general del niño es más importante que la cifra exacta que marque el termómetro.
- En bebés menores de tres meses, cualquier décima de fiebre es motivo de consulta médica inmediata.
- Nunca se deben usar baños de agua fría o paños con alcohol para bajar la temperatura.
La fiebre es, posiblemente, la causa más frecuente de consulta en pediatría y una de las mayores fuentes de estrés para las familias. Sin embargo, en pleno 2025, el consenso médico es más claro que nunca: la fiebre no es el enemigo, sino una señal de que el sistema inmunitario del niño está funcionando correctamente.
Cuando un virus o una bacteria intenta colonizar el organismo, el hipotálamo eleva la temperatura corporal para dificultar la replicación de estos patógenos y activar las defensas. Por tanto, nuestro objetivo no debe ser ‘aniquilar’ la fiebre a toda costa, sino aliviar el malestar del niño mientras su cuerpo hace su trabajo.
Fiebre en niños: Entendiendo la respuesta del organismo
Se considera fiebre en niños cuando la temperatura corporal supera los 38°C si se mide vía rectal, o los 37,5°C si es axilar. Las cifras entre 37°C y 38°C se denominan comúnmente febrícula, y suelen ser el preludio de una respuesta inmunológica activa.
Es fundamental entender que la magnitud de la fiebre no siempre está correlacionada con la gravedad de la enfermedad. Un niño con 39,5°C debido a un virus común puede estar activo y de buen humor, mientras que otro con 38°C puede mostrarse decaído por una infección más severa. La clave reside en la observación del comportamiento general.
Para obtener una medición precisa, la Asociación Española de Pediatría recomienda el uso de termómetros digitales. Los de mercurio están prohibidos por su toxicidad y los de infrarrojos, aunque rápidos, pueden ofrecer variaciones según la técnica utilizada.
¿Cuándo debemos preocuparnos realmente?
Aunque la mayoría de los cuadros febriles son procesos virales autolimitados que desaparecen en 3 o 4 días, existen señales de alerta (red flags) que requieren atención médica inmediata. El factor edad es el primer filtro de seguridad que debemos aplicar.
Lactantes menores de 3 meses
En esta franja de edad, cualquier temperatura superior a 38°C es una emergencia médica. El sistema inmunitario de un recién nacido es inmaduro y no puede localizar las infecciones de la misma forma que un adulto. Por tanto, ante la mínima sospecha, se debe acudir al servicio de urgencias más cercano.
Signos de gravedad en niños mayores
Independientemente de la temperatura, debes buscar ayuda profesional si observas alguno de los siguientes síntomas:
- Manchas en la piel: Especialmente si son pequeñas manchas de color rojo oscuro o violáceo (petequias) que no desaparecen al estirar la piel con los dedos.
- Rigidez de nuca: Si el niño tiene dificultad o dolor al intentar tocar el pecho con la barbilla.
- Dificultad respiratoria: Si notas que las costillas se marcan al respirar o si la respiración es excesivamente rápida y ruidosa.
- Letargo o irritabilidad extrema: Si es imposible consolar al niño o si, por el contrario, está tan decaído que apenas reacciona a los estímulos.
- Deshidratación: Boca seca, ausencia de lágrimas al llorar o pasar muchas horas sin orinar.
Cómo actuar de forma segura en casa
Si el niño mantiene un buen estado general, juega y se hidrata, podemos gestionar la situación en el hogar priorizando siempre su confort.
Medidas físicas recomendadas
El primer paso es no abrigar en exceso. Si el niño tiene escalofríos (fase de ascenso de la fiebre), podemos taparlo ligeramente, pero una vez que la temperatura se estabiliza, debemos dejarlo con ropa ligera para que el calor pueda disiparse.
Es vital mantener una temperatura ambiental agradable, en torno a los 21-22°C, y ofrecer líquidos (agua, leche o suero oral) de forma frecuente pero en pequeñas cantidades para evitar la deshidratación y los vómitos.
Tratamiento farmacológico
Los antipiréticos como el paracetamol o el ibuprofeno (este último solo en mayores de 6 meses) deben administrarse siguiendo estrictamente las dosis recomendadas por el pediatra, que se calculan en función del peso del niño, no de su edad.
No es aconsejable alternar ambos medicamentos de forma rutinaria, ya que aumenta el riesgo de errores en la dosificación y de efectos secundarios, según advierten estudios publicados en plataformas de salud global como Wikipedia y guías clínicas internacionales.
Mitos peligrosos que debemos desterrar
Existen prácticas tradicionales que, lejos de ayudar, pueden ser perjudiciales para la salud de los más pequeños. Es fundamental evitarlas:
- Baños de agua fría: El contraste térmico brusco provoca escalofríos, lo que aumenta paradójicamente la temperatura interna. Si decides bañar al niño, el agua debe estar templada y el objetivo debe ser el relax, no bajar la fiebre de golpe.
- Friegas con alcohol: Bajo ningún concepto se debe aplicar alcohol sobre la piel. El alcohol se absorbe rápidamente a través de los poros y puede causar intoxicaciones graves en niños y bebés.
- Uso de Aspirina: El ácido acetilsalicílico está contraindicado en niños debido al riesgo de desarrollar el Síndrome de Reye, una enfermedad rara pero potencialmente mortal vinculada a procesos virales.
La importancia del descanso y el tiempo
En un mundo que demanda inmediatez, a veces olvidamos que el cuerpo necesita tiempo para sanar. Si tras administrar un antipirético el niño recupera el ánimo y la fiebre baja ligeramente, no es necesario forzar su actividad. El reposo es una parte esencial de la recuperación.
Recuerda que la mayoría de las infecciones respiratorias y gastrointestinales en la infancia son causadas por virus, por lo que los antibióticos no tienen ninguna utilidad en estos casos y solo deben usarse bajo prescripción médica directa si se sospecha una infección bacteriana.
Mantener la calma es la mejor herramienta para los padres. Observa a tu hijo, confía en tu instinto y, ante la duda, consulta siempre con los profesionales de salud pediátrica para asegurar el bienestar de los más pequeños.
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¿Qué debo hacer si mi hijo tiene una convulsión por fiebre?
Aunque son impactantes, las convulsiones febriles suelen ser breves y no causan daño cerebral. Mantén la calma, coloca al niño de lado en una superficie segura y aleja objetos peligrosos. No introduzcas nada en su boca. Una vez finalizada, acude a urgencias para una valoración médica, especialmente si es la primera vez que ocurre o si el episodio dura más de cinco minutos.
¿Es cierto que la salida de los dientes puede provocar fiebre alta?
Es un mito muy común, pero la evidencia médica indica que la dentición solo puede provocar un ligero aumento de la temperatura corporal o febrícula, sin llegar a superar los 38°C. Si tu hijo presenta una fiebre elevada coincidiendo con la salida de los dientes, es probable que se deba a una infección viral subyacente y no al proceso de dentición en sí.
¿Por qué la fiebre de los niños suele subir más al final de la tarde o por la noche?
Esto se debe al ritmo circadiano del cuerpo. Nuestra temperatura corporal no es constante; es mínima de madrugada y alcanza su pico natural entre las 16:00 y las 20:00 horas. Cuando un niño está enfermo, este ciclo biológico se mantiene, lo que provoca que la fiebre parezca intensificarse o ser más difícil de controlar durante las últimas horas del día y la noche.
Preguntas Frecuentes
Q: ¿Es necesario despertar al niño para darle el medicamento si tiene fiebre pero está durmiendo?
A: No es necesario despertarlo. El descanso es fundamental para la recuperación del sistema inmunitario. Si el niño duerme tranquilo, significa que no siente un malestar que requiera intervención inmediata; solo debemos administrar el fármaco si el malestar interrumpe su descanso.
Q: ¿Por qué la dosis de los medicamentos debe calcularse por peso y no por edad?
A: La dosis de los medicamentos pediátricos se calcula exclusivamente en función del peso corporal para garantizar su eficacia y seguridad. Administrar la dosis basándose solo en la edad puede dar lugar a dosis insuficientes o excesivas, lo que podría ser peligroso o ineficaz para el organismo del pequeño.
Q: ¿Cuánto tiempo debo esperar para que el medicamento haga efecto?
A: Normalmente, los antitérmicos tardan entre 30 y 60 minutos en empezar a actuar. Es importante recordar que el objetivo no es normalizar la temperatura de inmediato, sino reducir el malestar del niño; una bajada de uno o dos grados suele ser suficiente para que se sienta mejor.
